viernes, 13 de noviembre de 2009

Actualidad anacrónica del tiempo y el espacio.


por maxi uceda
Si algo nos han inculcado las religiones y la magia es la cultura de la fe ciega. Esa pereza de la razón que nos conduce al estancamiento y a la sumisión ante lo propio del oscurantismo, el destino. “Pero de que las hay las hay” y cuando el entendimiento tambalea, le Fe hace su entrada triunfal se encarna en seres que se convierten en la extensión misma de la magia y de la hechicería, en este caso, Marcus Miller.
Someterse a un concierto del quizás mejor bajista de las últimas tres décadas es indudablemente una cuestión de fe. Es increíble creer que todo lo que está pasando realmente sucede, ni el diapasón de su instrumento es consciente de los movimientos y de la perfección en la ejecución y, de tan veloces, sus manos parecen desaparecer en el ritmo y la armonía propia de la pieza, digno y ágil prestidigitador.
El concierto del miércoles de Marcus Miller no sólo fue una exhibición de fineza y exactitud, sino que sirviéndose de la improvisación, los que nos reunimos en el Palau de la música en digno ritual profano, subimos al escenario para ser testigos de la composición, duelos y el milagro del conocimiento absoluto de un género y de la música, su masa creadora. La comunión entre músicos y sus instrumentos como si los materiales; metales, plásticos y maderas se derritieran y fusionaran con la piel y sangre, biología pentagramática de los músicos que expulsan desde sus cuerpos el sonido.
Miles Davis, desde las trompetas de Christian Scott, fue el ciervo sacrificado en cada escala desarmada o en cada acorde disonante y a quién se podía imaginar sentado en la platea tomándose la cara como en la contratapa de TuTu que inmortalizara Irving Pen, con esa expresión de placer y sometimiento, como aquel que se abandona al sueño ya fatigado de tanto disfrute.
Y el sacerdote con un báculo eléctrico de seis cuerdas y con su nombre quemado en la madera, abriendo las aguas del conservadurismo e invitándonos a jugar a todos, y dejándoles en claro a los infieles, que el Jazz es la máxima expresión de la música popular y que se hizo para bailar. Y que, sobre todo, no se puede quedar sentado sino que se le debe sacar a bailar, invitar una copa e intentar conquistar.
Lo que sucedió hace dos días fue sacrificio, y quizás por eso escribo al tercer día, resucitando desde la prosa la mejor de todas las magias y la más sincera fe, aquella que está fundamentada en lo real pero a la que preferimos negarle todo contenido fáctico, para no perdernos el encanto de lo imposible.

www.marcusmiller.com

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