
por maxi uceda
Me acomodo en la butaca y miro alrededor. Todo escapa de las paredes y de lo real. Flores de cerámica, caballos galopantes, árboles blancos que construyen un selvático entorno para la escena desde la cual diez musas hacen música cuyas notas perpetuadas en granito son oídas por Beethoven y Wagner que, cómplices de lo que cada nit sucede en su Palau, parecen ser los encargados de dar permiso a la actuación a los herederos de hoy. “Benvinguts al Palau de la música, apaguin els seus telèfons mòbils i recordin que està prohibit treure fotografíes”, grita la megafonía catalana que me hace volver de un dialogo imaginario que mantenía entretenido con Domenech i Mountaner, para caer en la fútil orden que, más directa que cordial, me insistía a desconectarme de los enceres infocomuicativos de pixelsuvenir, para colocarme el tubo de oxígeno en la espalda y sumergirme en las aguas de los telones aterciopelados. Un arpa, pianos, sintetizadores, chelos, trompetas, computadoras, guitarras, palabras, muchas hermosas palabras y dos bajos: uno eléctrico y otro en la garganta del cantante. Estos serán los instrumentos de la noche, instrumentos cuya función pocas veces ha sido más clara, ser las herramientas que trasladarán la consumación en obra de arte del ser de Bejamín Biolay, sus venas con el mundo de los oídos, por donde circulará esta esencia convertida en sonido. Sus canciones me llegan húmedas por primera vez, recién salidas de su garganta y parece que nada de lo que sucede está sucediendo en verdad. Pues apenas transcurren unos minutos y Biolay nos ha sacado ya a la calle, a la mugre, a esas miserias del arrabal en los bajos fondos de Pigalle, donde lo veo caminar borracho y presencio junto a los demás todas esas historias que nos susurra con voz de tormenta microfonada. “¡La chanson está viva!” grita Serge Gainsbourg y corre narcotizado, como salido de una escena de “Otto e mezzo” para abrazar a Marcello Mastroianni a quién le dice al oído: - Salúdame a tu hija de parte del garçon- cabeceando en dirección a Biolay. El repertorio es ajustado. Repasa su trayectoria musical pero toma los recaudos necesarios para hacer énfasis en su disco anterior, “Trash Yeyé”, nacido de la ruptura con su pareja (la actriz y cantante Chiara Mastroianni), mientras las secuencias más electrónicas y melodías más poperas dan lugar a “La superbe” su más reciente álbum y el más viejo de los pecados, “La soberbia”. El concierto llega a su fin. Regresamos de la escapada parisina por la magia del aplauso, sin embargo el concierto del francés me deja perfume a tango. Quizás sea porque caigo en el error tan típicamente argentino de comparar todo con nosotros mismos, pero eso fue lo que me sucedió. Tras haber disfrutado feliz de deux heures et demies des chansons françaises, tengo una enorme necesidad de abrazarme al Polaco Goyeneche. Pues sin duda Benjamín Biolay y su música poseen perfume tanguero, tal vez éste sea el que se esconde en el legado de la herencia parisina de nuestro país, un parfum a nostalgia y arrabal. Pero si bien los perfumes pueden ser heredados, las esencias son intransferibles, y cada vez que la nostalgia y arrabal me dan un tirón, la esencia del Río de la Plata se vuelve rocío en el aire y viaja con el viento hasta Barcelona, para darme un abrazo amigo en la voz de un buen tango socarrón.
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