por maxi uceda
Esquivar el golpe o ser sacudido en una avalancha de millones de agujas sonoras que producen una convulsión traducida en frenética danza. Convertirse en un muñeco vudú y estar en las manos de los tres más importantes gurús de la Rave, ser pinchado y producir el efecto en el que está a tu lado que a la vez es pinchado y en consecuencia dicho efecto se manifiesta en uno. The prodigy es el prodigio de resucitar el mito de la tribu que baila hipnotizada hasta perder la razón, estimulada por el sonido y las miles de luces parpadeantes que hacen del vodoo el ritual de la noche. Es también la banda que supo inventar un espacio para los decepcionados del sintz pop de los ochenta, transmutando estribillos rockeros, a un formato de loop electrónico, con una atmosfera punk de lo más salvaje, y amparándose en el aura ultra-underground de las primeras Raves inglesas, canalizaron la violencia musical de los noventa en un sonido propio, arrogante, subversivo y belicoso, consiguiendo así ubicarse entre las principales figuras de la música electrónica. Con un set en apariencia corto, el concierto de The prodigy del pasado jueves 3 de diciembre, fue lo que puede llamarse una ascensión desmesurada a un plano de desenfreno total. La jungla del rave local salió a lucir sus más virtuosos atuendos y los epilépticos movimientos se fueron apoderaron de uno en uno de la masa allí presente, consecuencia del encuentro de miles de personas que tácitamente comparten el mismo código que se renueva en cada ritual. El concierto duró aproximadamente una hora y media, tiempo suficiente y necesario para que los líderes de la banda Keith Flint y Maxim, dieran al público que se movilizó hasta el Estadio Olímpico del Montjuic, una dosis de adrenalina musical. Y bien digo que fue en apariencia corto, pues es cierto que un set de una hora y media es, entre los estándares de shows en vivo, un concierto de poca duración, pero lo que genera The Prodigy arriba y abajo del escenario es de una intensidad tal, que si durase más tiempo, la energía que logra condensar la banda se diluiría y no tendría el mismo efecto de choque que produce en el espectador. Así fue que el “The spanish invader tour” tuvo su paso por Barcelona, dejando a una audiencia de cuclillas, las piernas flexionadas como un resorte al que se le hace presión y que de tanta tensión producida sus músculos son incapaces de soportar y explotan en vertical catapultando los cuerpos hacia arriba, a ese espacio donde la música electrónica se escucha mejor, ese lugar que sólo existe y que dura el fragmento de tiempo que va desde que los pies se despegan del suelo, hasta que lo vuelven a tocar.
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